
Había una vez; partió así una historia; el comienzo se narra como, etc. Una flor tan poderosa, hermosa y bien aventurada que cada alma que pasaba la contemplaba y luego continuaba. Es difícil involucrarse con lo sagrado y espléndido y con lo mundano y torcido al mismo tiempo. Patos, palomas, sardinas y floreros se acercaron, contemplaron, juzgaron, admiraron, y todas las palabras que se pueden seguir con ron a excepción de esta misma (si, ron). Pero solo algunas estrellas lejanas al cielo, esas que brotan de la tierra como un vegetal decidieron inundarse de su frescura y locura.
[A una de esas estrellas le doy mi nombre con sangre y a otra con serenidad. ¿Dame un poco de paz? cabeza aturdida por favor, no quiero convertirme en un ser yermo.]
Cada estrella quiso tomar un pétalo de la preciada creación. Hicieron un gran daño dejándola desnuda, frágil y vulnerable a cualquier ser vivo o situación. Pero a esta no le importaba, pues alguien la tenía en su corazón, y no hay canción más bella que la que se escribe con amor.
La debilidad se convertía en un problema para este sedentario ser vivo. Y rogaba a todos los cielos, mares y montes que una ayuda divina apareciera de uno de estos lugares a generarle energía y vida para poder resistir. La debilidad puede esperar si es que no se presenta en un atormentado corazón. La flor, la flor. Espera con ansias esa fuerza y armonía que solo en destrucción conoce.
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